sábado, 22 de diciembre de 2012

Appliqués primorosos para novias del siglo pasado

Para el post de hoy me he inspirado en la fotografía de boda de mi bisabuela Marina del Rosal. Ni que decir tiene que el novio era riquísimo. (Me abstendré de hacer comentarios sobre el bello rostro de mi antepasado indiano).


Por el año de nacimiento de mi abuela, y teniendo en cuenta que era la menor de tres hermanos, calculo que la fotografía se tomó entre 1905 y 1910. En esa época la tendencia en los vestidos de novia era no marcar tanto la figura y usar cortes imperio (ceñidos bajo el pecho). Los trajes empezaron a ser más cortos, aunque este todavía mantiene una pequeña cola.
Callor Soeurs, vestido de noche 1910-12. Metropolitan Museum of Art

Me ha costado mucho conseguir saber de qué tela era el vestido. Con toda seguridad la base es seda, pero se superponen capas de una puntilla bordada en relieve y con "appliqués". Ni siquiera en las imágenes de los museos consigo ver esa especie de encaje de bolillos con flores en relieve (imagino que llevarían una entretela, para dar volumen).
Pañuelo, posiblemente de Emma Radford (1837-1901). Metropolitan Museum of Art

Existe gran cantidad de información interesante sobre las telas para vestidos de novia. Aunque, actualmente no se usan telas que se asemejen a la de mis investigaciones, supongo que está en desuso por la complejidad de su confección, ya que los motivos se creaban con los puntos del encaje. Estas son las direcciones de algunas páginas 

Clutch victoriano para sobres (1910) en organdí de seda y bordado Madeira
Puesto que no he encontrado la definición exacta, he tomado fotos de otras prendas que también fueron de mi bisabuela. Una mañanita hecha en "appliqué" y unas braguitas (el diminutivo está de más porque iban de la cintura a la rodilla). 

Algunas de las prendas conservan la etiqueta de la casa en que se confeccionaron: "Casa Masaveu. Oviedo". No sé si todavía existe como tal. Sí hay unas bodegas con ese nombre, pero no he encontrado en internet una casa de bordados o costura con ese nombre. 

¡Cómo ha cambiado el mundo! Debía ser incómodo llevar tanta ropa, pero hasta la más fea estaría favorecida con telas tan preciosas. 
Fotos:




miércoles, 12 de diciembre de 2012

Pequeños telares mejicanos


Conocí los telares de cintura en Oaxaca, hace ya muchos años. Lo utilizaba una chica sentada en el suelo, con las piernas dobladas y sujetando el telar en una columna. Tenía la misma postura que las sirenas, y de esa herramienta tan sutil surgían unos pequeños tapices de dibujos geométricos. Supongo que era una escena humilde, aunque me pareció preciosa.




Oaxaca es una ciudad maravillosa y muy cuidada. Ese marco fabuloso, tal vez, contribuyó a que yo idealizara la situación. 
La información más detallada que he encontrado sobre los telares de cintura proviene de Perú, donde existen desde hace 3.200 años (Curayacu). Allí siguen utilizándolos en la confección de tejidos tradicionales, al igual que en Méjico.




El telar de cintura lleva dos tiras paralelas, llamadas “enjulios”, el superior se fija a un poste o árbol y el inferior se sujeta a la cintura de la tejedora, mediante una correa. La tejedora utiliza unas varas (“palitos) que hacen las veces de una prolongación de sus brazos y, de este modo, teje con mayor facilidad. En Perú se llama alzador al elemento que divide y levanta los hilos pares e impares, facilitando el paso del tramero. El tramero, madeja de hilo u ovillo origina la trama.
Para ajustar se utiliza la “espada”, una pieza de madera en forma de espada que comprime y ajusta las tramas.




En mi primer viaje a Mejico  compramos telas de colores muy vivos en los mercados de Oaxaca y  San Cristóbal. Algunas de ellas eran de un rosa casi fosforescente, tal vez  excesivo, aunque el resultado era muy interesante. Me gustó esa falta de miedo a la hora de elegir y combinar los colores, y la mezcla de tejido con bordado.




Las telas de algodón mejicano duran eternidades y no el pierden color.  De vuelta en casa, no las utilizaría para decorar, pero sí son un mantel o falda de mesa camilla completamente únicos.






Por último, contaros que en Oaxaca he comido en uno de los mejores restaurantes de mi vida. Ya sé que el asunto no tiene nada que ver con la temática de este blog, pero la recuerdo como una de esas ocasiones redondas. He olvidado el nombre del lugar, creo que estaba en el edificio que aparece en la siguiente foto. La cocina tradicional mejicana era absolutamente exquisita; las mesas estaban puestas con perfección, en un precioso patio interior y los camareros eran atentos y relajados.



Méjico es un gran país y he sido muy feliz viviendo allí, pero esa sí es otra historia.


Fotos:
Mònica Osàcar Andreu
Fuentes: